Vínculo Madre e Hijo | Inspira Gestalt

íVínculo madre e hijo

Desde mi punto de vista particular, el vínculo madre e hijo, es el vínculo por excelencia. Un poco de neurociencias …

Traer un hijo al mundo es una experiencia inigualable. En especial para la madre, que lo ha llevado nueve meses en su seno. Desde el punto de vista evolutivo, la gestación supone una gran inversión, por lo que asegurar el cuidado y supervivencia del recién nacido es de vital importancia. Para lograrlo, durante el embarazo comienzan una serie de transformaciones en el cerebro que ponen en marcha el instinto maternal. Gracias a ellas, la madre pasa de estar centrada en su propia existencia a volcarse en el cuidado del bebé, que ahora, y durante un largo periodo de tiempo, dependerá de ella para sobrevivir.

Tras el amor de madre, que nos parece sublime y que ha ido perfeccionándose en la escala evolutiva, se esconde la química cerebral. A diferencia de los reptiles, los mamíferos reemplazaron la estrategia de poner muchos huevos y apenas cuidarlos por la de tener cada vez menos crías y protegerlas mejor desde antes del nacimiento. La encargada de poner en marcha los cuidados maternos fue la oxitocina, conocida también como «hormona del amor».

En realidad esta última «ocupación» la adquirió después. Inicialmente esta pequeña y primitiva proteína se encargaba de mantener el balance adecuado de sal y agua. Luego se empezó a ocupar de las conductas reproductoras y maternales. Producida en el hipotálamo, la región del cerebro encargada de coordinar las conductas esenciales para supervivencia, la oxitocina actúa como hormona y como neurotransmisor. Su liberación al final del embarazo provoca las contracciones durante el parto y la producción de leche.

Cuestión de oxitocina:

Con posterioridad esta neurohormona extendió la preocupación por la prole en círculos concéntricos cada vez más amplios, primero a la pareja, lo que le valió su apodo más famoso de «hormona del amor», y después a la familia extensa y otros miembros de la tribu. De ahí que se conozca también como «hormona del apego».

Gracias a esta hormona, nuestro cerebro se fue «cableando» para mantener relaciones afectivas con nuestros semejantes. Y uno de los más primitivos y fuertes en todas las especies es precisamente la estrecha relación entre una madre y sus hijos. Y al parecer los niveles de oxitocina durante el primer trimestre de embarazo predicen la fuerza del vínculo materno-filial, según una investigación de la Universidad Bar Ilán, de Israel. Las madres con niveles más altos tenían un mayor apego hacia su bebé: le miraban, hablaban y acariciaban más y tenían más muestras de afecto hacia él.

La cuna del «amor de madre» parece estar localizada en el hipotálamo, precisamente el lugar del cerebro donde se produce la oxitocina. En concreto, este comportamiento de todas las hembras de los mamíferos, incluida nuestra especie, parece residir en el área preóptica medial. Se ha comprobado que las lesiones localizadas en esta zona interrumpen los cuidados maternales en ratas, explican Craig Kinsley y Elisabeht Meyer en un artículo publicado en la revista «Investigación y Ciencia».

Mientras estaba a punto de dar a luz su segundo hijo, Elisabeth Meyer, como neurocientífica, estudiaba los cambios que se producen en el cerebro durante la gestación. Aunque eso no le evitaba las molestias propias del embarazo, señala, al menos le proporcionaban cierto consuelo, porque los conocimientos científicos que iba adquiriendo le revelaban las alteraciones positivas que se iban produciendo en su propio cerebro.

Así supo que los mareos que experimentaba eran una secuela de ese cambio gradual del cerebro para adaptarse a la maternidad y hacer frente a la gran exigencia que supone. Averiguó que, a cambio, después del parto se incrementa la materia gris en determinadas áreas del cerebro relacionadas con la planificación y la integración sensorial, la resistencia al estrés, la atención selectiva y algunos tipos de memoria. Todas estas áreas están implicadas en el cuidado infantil.

Además, las fluctuaciones hormonales favorecen la aparición de protuberancias diminutas en las neuronas, denominadas espinas dendríticas, que aceleran el procesamiento de la información. Tal vez por eso, señala Meyer, las madres pueden convertirse en «multitarea», atendiendo a varias cosas a la vez sin sucumbir en el intento.

Interacción con el bebé:

Tras el parto, la influencia hormonal pasa a un segundo plano y es la interacción con el bebé la que alimenta el «amor de madre», que como en el conocido eslogan, aumenta día a día. «Un recién nacido hace todo lo posible por atraer la atención de la madre. Su llanto, su olor único y el modo de agarrar con sus deditos los de su madre actúan como un puñado de sensaciones sobre el sensible sistema nervioso materno», señala Meyer. Con las caricias, se produce oxitocina en la madre y el bebé, que afianza el vínculo entre ambos.

Los lazos que se crean en esta etapa de la vida son decisivos para la salud física y también psicológica y mental del pequeño, según un estudio llevado a cabo por la Universidad de Emory que fue publicado en la revista «Frontiers in Behavioral Neuroscience».

Esa interacción provoca cambios en el cerebro del bebé que determinarán su respuesta a las demandas del entorno, no solo en los primeros años sino también en la vida adulta. Un buen apego le hará más resistente al estrés y a los trastornos mentales. Y es que el amor de madre es también el mejor «seguro» médico.

El cariño en la adopción:

Los lazos que se tejen entre una madre y sus hijos no dependen de los genes que comparten. Las madres adoptivas son una prueba de ello, explican en un artículo publicado en la revista «Temas Investigación y Ciencia, (2009), no 57, págs 74-81» Kraig Kinsley y Kelly Lambert, del Centro de Neurociencias de la Universidad de Richmond. Cuando no ha habido embarazo, serían los retos de cuidar a un niño los que hacen que el cerebro de la madre adoptiva se «reprograme». Los adultos, incluido el padre, y el bebé a su cargo influyen mutuamente en sus circuitos cerebrales, que se modifican para que el apego entre ambos se fortalezca con el paso del tiempo.En la Universidad de Rutgers, en Nueva Jersey, demostraron que si a una rata le ofrecen la posibilidad de hacerse cargo de crías ajenas, que llegan a través de una rampa que puede abrir a voluntad mediante una palanca, el roedor lo presiona repetidamente hasta que su jaula se llena de diminutas ratitas rosadas. Y es que la mera visión de los pequeños y el cuidado de las crías proporcionan placer y ponen en marcha el sistema de recompensa del cerebro. Después, el vínculo madre e hijo, entre la madre adoptiva y las crías se refuerza por el contacto, que promueve la liberación de oxitocina, la misma hormona que, como vimos anteriormente, provoca las contracciones durante el parto y la producción de leche. (Quijada, 2015).

 

El vínculo madre e hijo es condición de supervivencia, es decir que las condiciones de nacimiento son de tal grado de pre maturación, que es imposible que el recién nacido sobreviva sin la asistencia del otro social. El otro ya tiene un carácter social por el sólo hecho de asistir al recién nacido. Pero esta condición de supervivencia va más allá de la simple asistencia de las necesidades básicas que garantizan la vida del organismo vivo que es el bebé. El niño se halla aquí en una posición a la que Freud denomina vínculo de “indefensión” o “desamparo”, es decir, esta indefenso y necesita completamente de su madre para sobrevivir. Esto se debe a que el feto humano nace prematuro, nace inmaduro, no nace terminado de madurar, como nacen los demás mamíferos superiores quienes, a los pocos minutos de nacer, ya han de ponerse en pie para procurarse alimento, por un lado y ponerse instintivamente a salvo de sus depredadores por otro. Es como si a la madre humana le hubiese faltado otro año de gestación, de tal manera que el niño pudiera caminar al nacer y pudiera salir a buscar su alimento. El bebé humano es, con seguridad, el organismo más inmaduro que nace en la naturaleza, y necesita de la madre para seguir vivo.

Así pues, se puede decir que todo niño venido al mundo establece dos tipos de vínculo con la madre o el otro que lo auxilia; uno es fisiológico (alimento, abrigo) y el otro es psicológico (seguridad), obtenido este ultimo desde el vínculo amoroso, las miradas, las caricias, la presencia, en ese decirle al niño; Bienvenido al mundo!.

Ya han pasado varios días desde que escribí este capítulo sobre el vínculo con la madre, es decir, lo que antecede a estas líneas que ahora mismo escribo.

Me estoy dando cuenta en este mismo momento que, aunque comience el capítulo con la frase “Desde mi punto de vista particular, el vínculo por excelencia”, no he escrito ni una sola línea acerca de mí, de mi experiencia o de mi propia relación o vínculo con mi madre. Es curioso como funcionamos, es curioso como opera la deflexión, mecanismo de interrupción que detecto mucho en mi carácter.

Entonces ahora sí, ahora que ya pillé al mecanismo interruptor, puedo decirme desde la conciencia: ¡Va, venga, escribe sobre tu madre!, … y es solo pensarlo y noto como se me produce un nudo en el estómago, precisamente en la boca del estómago, lugar donde suelo canalizar mis tristezas y angustias. Ahora mismo no me escapo, cierro los ojos, contacto con mi estómago y me dejo sentir.

Por mucho que luche por no ver o no reconocerlo, el vínculo con mi madre dista muchísimo de lo que me gustaría compartir en este escrito.

Me permito aquí una breve referencia personal como preámbulo a la relación disfuncional que se creó o más bien creamos mi madre y yo, y a la explicación, puesta en mi persona, de los ajustes creativos y conservadores (automatismos). Mi madre nació en Argentina, fue la mayor de tres hermanos y mi sensación, al menos de lo que viví a través de cuentos y relatos, incluyendo los suyos propios, es que su vida fue algo así como un calvario.

Tengo la sensación de haber intoyectado de ella la idea de que “la vida es sufrimiento” o “no mires tus necesidades, primero están la de los otros”.

Mi abuelo, su padre, trabajó como Cónsul de la Embajada Argentina y fue destinado, por períodos cortos, a diferentes destinos del mundo. Así, mi madre paso su adolescencia de país en país, de grupo de amigos en grupo de amigos, sin poder establecer nunca vínculos que perduren en el tiempo. Vivió en Venezuela, el sur de África, Rusia, India, y algún otro país que ahora no recuerdo. No se trataba solo de un cambio geográfico, se trataba de un cambio de entorno de referencia, de cultura, de costumbres, de clima, de idioma y de credo.

Algo que le marcó mucho fue su paso por la India, por las ciudades de Bombay y Nueva Delhi, entre sus 18 y 22 años de edad. Allí conoció a un hindú, el amor de su vida. Se llamaba Ramesh Chandra Charma, al que cariñosamente apodaban Matu. De allí que mi nombre, el primer hijo varón, sea Matías, en honor a este hombre con quien no pudo vivir su amor. A sus 22 años de edad, ve interrumpida esta relación ya que a mi abuelo le cambiaban de destino. En aquella época era muy difícil para una mujer de su edad ir a su bola o contradecir la voluntad de sus padres, o al menos parece haberlo sido para ella quien, pasadas unas pocas semanas de la despedida, intentó quitarse la vida.

Años más tarde conoce a mi padre y, sin estar ni haber estado enamorada de él, se casan por las presiones que mi abuela, su madre, ejerce sobre ella.

Independientemente de esta historia, siempre me sentí triangulado en la relación de mis padres y hace ya unos años, en un trabajo de rebirthing en un SAT, contacté con fuerza con la sensación de no haber sido un hijo deseado. Hechos que he incorporado a mi trabajo personal y continúo integrando. Siento que este hecho ha condicionado mi manera de relacionarme y de vincularme con las mujeres, con quienes noto una cierta dependencia y necesidad de mirada.

Sé que mi madre lo ha hecho de la mejor manera que supo hacerlo y hoy veo que a mi no me alcanzó. Me viene en este momento la idea de una madre funcionaria, que ejerce la función, ya que es cierto que estuvo allí para bañarme, vestirme, alimentarme. Y me falto mirada, me falto ternura, me faltó vínculo, … y ahora mismo me sorprende un sentimiento de vergüenza, me siento ingrato. Aparece la culpa.

Desde la sensación de no haber sido deseado, cuyo contacto se hizo más consciente en el trabajo del rebirthing y la sensación de madre funcionaria, sentía que el solo “ser” no alcanzaba para ser visto, por lo que mi ajuste creativo, al menos uno de ellos, fue el “hacer”, el crearme una función que me complemente, me complete y me haga más válido y apetecible. De pequeño me preocupaba, por ejemplo, de arreglar todo lo que se iba rompiendo en la casa, barandillas, tomas de corriente, mobiliario, cerraduras, jardinería, fontanería, etc.

El hacer también tiene que ver con el movimiento, la acción, y ahora mismo me viene la imagen de moverme o quedarme sin. Algo habitual era el irme a la cama de mis padres y acurrucarme en el centro pegado a mi madre de espaldas, acto que duraba muy poco ya que en cuestión de pocos minutos, mi padre me llevaba en brazos de vuelta hasta mi cama. El hecho de hacer para existir, ya como un ajuste conservador (un automatismo), me ha acompañado durante toda mi vida como explico en diferentes puntos dentro de este trabajo.

Tengo la sensación, sin ser ningún experto en la materia, que el vínculo madre e hijo de apego con mi madre no ha sido del todo sano y que este me ha condicionado el resto de mi vida estando presente en mis relaciones y mis maneras disfuncionales de establecer vínculos con los demás. Recordemos que el tipo de apego que desarrollemos con nuestra madre o el adulto que cumpla las funciones de cuidado y atención en edades tempranas, durante el primer año de vida, vendrá a determinar la forma en la que, como adultos, nos vinculemos con los demás y con el mundo.

El apego es un concepto que debemos a la etología, se define como una vinculación afectiva intensa, duradera, de carácter singular, que se desarrolla y consolida entre dos individuos, por medio de sus interacciones recíprocas, y cuyo objetivo inmediato es la búsqueda y mantenimiento de proximidad en momentos de amenaza, ya que esto proporciona seguridad, consuelo y protección.

Como comento más arriba, el apego se define en relación y en edades tempranas (primer año de vida) y viene a condicionar o definir nuestra forma de vincularnos con el mundo.

Para hablar de apego, lo haré siguiendo al considerado padre de la teoría del mismo, John Mostyn Bowlby (1907-1990). También lo haré citando los polémicos trabajos experimentales de Harry Harlow o el “protocolo de situación extraña” de Mary Ainsworth.

J. Bowlby, psicoanalista inglés. Dedico gran parte de su vida profesional al estudio del desarrollo infantil y desarrolló trabajos pioneros en cuanto al apego. Antes del desarrollo de su conocida teoría, Bowlby adquiere gran experiencia en el trabajo con menores mal adaptados y delincuentes. Fue desde el año 1950 consultor de la OMS (Organización Mundial de la Salud).

La segunda guerra mundial deja infinidad de niños huérfanos y sin hogar que pronto presentaron muchísimas dificultades. Bebés que perdieron a su madre y a su padre en la guerra y que iban a parar a orfanatos colapsados en donde la cantidad de cuidadores no era suficiente sino para apenas brindar solución a necesidades de alimentación fisiológica, refugio e higiene. La ONU (Organización de las Naciones Unidas) solicita a Bowlby que estudie y desarrolle un escrito acerca de este fenómeno. De este estudio, al que tituló “privación materna” y de las cuestiones allí planteadas surge posteriormente su teoría del apego.

Entre otras cosas, se descubre que el niño no se desarrolla de manera adecuada con solo recibir alimento fisiológico, refugio e higiene. Se da aquí un verdadero valor y una crucial importancia al contacto, al vínculo entre el niño y su cuidador principal, su figura de apego. El recién nacido necesita desarrollar una relación con al menos un cuidador principal para que su desarrollo social y emocional se produzca con normalidad.

La madre biológica es, normalmente, la figura principal de apego, pero el papel puede ser desempeñado por el padre o cualquier otra persona que se comporte de una manera presente, dedicada y amorosa con el niño durante un período de tiempo. Los recién nacidos establecen vínculos afectivos con cualquier cuidador compatible que sea sensible y receptivo en interacciones sociales con ellos. La calidad del compromiso social es más influyente que la cantidad de tiempo invertido.

¿Pero, …qué se entiende por apego dentro de esta teoría?

Se trata de un vínculo de nivel afectivo que un individuo establece y desarrolla con una figura de cuidado (Attachment figure) que suele ser, por lo general, la madre biológica aunque no necesariamente tenga que ser esta. Este vínculo que establecen los bebes con sus figuras de cuidado tienen como objetivo la supervivencia, teniendo en cuenta sus aspectos biológicos como psicológicos. En el desarrollo del vínculo de apego, el objetivo en función de lo biológico es la supervivencia (a través de la nutrición), y el psicológico es la seguridad (la confianza de encontrar en ese otro el refugio ante situaciones de peligro o estrés).

Si bien la teoría de Bowlby se basa en conceptos psicoanalíticos, él mismo rechaza las explicaciones freudianas para los vínculos en recién nacidos, en particular, las observaciones hechas por Anna Freud y Dorothy Burlingham acerca los niños separados de sus cuidadores durante la Segunda Guerra Mundial. Así también, se opone a la llamada “Teoría de la pulsión” que dice que la motivación para el apego se deriva de la satisfacción del hambre y los impulsos libidinosos. Él llamó a esto teoría del “amor egoísta”. En su opinión, el psicoanálisis falló por no ver el apego como un vínculo psicológico, sino como un instinto derivado de la alimentación o de la sexualidad.

Esta teoría del apego es ampliada y esclarecida por el valiosísimo aporte de los estudios observacionales de Mary Ainsworth y su procedimiento conocido como “Protocolo de situación extraña” que evalúa el comportamiento del niño en situaciones de separación y re encuentro con su figura de apego. Este procedimiento es una herramienta de investigación que se utiliza para evaluar los patrones de apego en bebés y niños. Consiste en crear en estos situaciones de tensión o estrés para poner de manifiesto como los niños utilizan a sus figuras de apego (cuidador principal), como fuente de seguridad.

¿Cómo funciona el protocolo de situación extraña?. El cuidador (figura de apego) y el niño se colocan en una habitación con diferentes juguetes mientras que un investigador registra los comportamientos y reacciones del niño. La observación se realiza a través de un cristal que funciona como espejo en la sala de experimentación y como una ventana en la sala de observación. En secuencias diferentes, el niño va experimentando separación / reunión con el cuidador e incluso, en un momento determinado, la presencia de un extraño desconocido.

 

De estos experimentos, Ainsworth identifica tres tipos de apego o patrones que el niño adopta con su cuidador principal. Estos tres patrones o estilos de apego son: Apego seguro, apego inseguro-evitativo y apego inseguro-ambivalente/resistente.

Más adelante, en investigaciones realizadas por Mary Main en la Universidad de Berkeley, se identifica un cuarto patrón de apego al que se llamó desorganizado / desorientado.

Patrón de apego

Cuidador

Niño

Seguro

Disponible Proporciona una base segura Cuidado de calidad Contacto físico

Seguro de si mismo

Conducta evolutiva Reacciona de forma rápida y adecuada Interacciones sociales positivas Utiliza al cuidador como base segura

Inseguro – Evitativo

Fomenta desapego e independencia No atiende llanto ni demandas afectivas Rechaza contacto físico

Desatención emocional Desapego hacia el cuidador Estrategia: Centrado en el objeto

Inseguro – ambivalente

Falta de coherencia Sobreprotección Inconsistencia entre respuestas apropiadas y negligentes

Irritación y conductas ambivalentes Inseguro y ansioso ante el cuidador Estrategia: Centrado en el cuidador

Desorganizado

Negatividad, confusión de roles Errores de comunicación afectiva Maltrato, abusos, etc. Comportamiento asustado o asustador

Comportamientos contradictorios Conducta impredecible Incapacidad para manejar la angustia Falta de estrategia para satisfacer necesidades seguridad y consuelo

¿Y qué sucede con el apego en el caso de los adultos?. Al final de los años 80, Cindy Hazan y Phillip Shaver extendieron la teoría del apego a las relaciones románticas adultas. Se identificaron cuatro estilos de apego en los adultos: seguro, ansioso- preocupado, evitativo-independiente y con miedo-evitación. Ellos corresponden aproximadamente con las calificaciones de los recién nacidos: seguro, inseguro- ambivalente, inseguro-evitativo y desorganizado-desorientado.

Los adultos con apego seguro tienden a tener una visión más positiva de sí mismos, sus parejas y sus relaciones. Se sienten cómodos con la intimidad y la independencia equilibrando los dos.

Los adultos preocupados-ansiosos buscan mayores niveles de intimidad, aprobación y respuesta de la pareja, volviéndose excesivamente dependientes. Ellos tienden a ser menos confiados, tienen una visión menos positiva de sí mismos y de sus parejas, y pueden presentar altos niveles de expresividad emocional, preocupación e impulsividad en sus relaciones.

Los adultos desapegados-evitativos desean un alto nivel de independencia, muchas veces evitando el apego por completo. Ellos se ven a sí mismos como autosuficientes, invulnerables a los sentimientos de apego y sin necesidad de relaciones cercanas. Tienden a reprimir sus sentimientos, que trata de rechazo, distanciándose de sus parejas de quien por lo general tienen una visión negativa.

Por último, los adultos asustados-evitativos tienen sentimientos encontrados sobre las relaciones, se siente incómodos con la intimidad emocional. Ellos tienden a desconfiar de sus compañeros y se ven a sí mismos como algo sin valor. Como los despegados- evitativos, los asustados-evitativos tienden a buscar menos intimidad, suprimiendo sus sentimientos.

Se van acumulando datos demostrativos de que los seres humanos de todas las edades son más felices y pueden desarrollar mejor sus capacidades cuando piensan que, tras ellos, hay una o más personas dignas de confianza que acudirán en su ayuda si surgen dificultades. La persona en la que se confía, designada también como attachment figure (Bowlby, 1969) (figura a la que se tiene apego) puede considerarse que proporciona a su compañero (o compañera) una base segura desde la cual operar. (Bowlby, 2014, pág. 105)

 

Otro gran exponente del estudio del comportamiento en edades tempranas y del trabajo con el apego es el psicólogo norteamericano Harry Frederick Harlow, (1905–1981), reconocido por sus publicaciones sobre la privación de la figura materna y sus controvertidos experimentos con monos. Y digo controvertidos echándole una mirada más actual, más de nuestra época, en donde las asociaciones de protección animal hubiesen puesto el grito en el cielo. Los tiempos cambian y lo que antaño era uso y costumbre o se encontraba justificado “en nombre de la ciencia”, quizás hoy en día no se interpreta de la misma manera, como por ejemplo, me aborda ahora mismo la idea de que sería impensable, en los tiempos que corren, ver un terapeuta en un espacio cerrado de consulta fumando incansablemente tal y como podemos apreciar hacía Fritz en sus sesiones de consulta. Algunos investigadores citan los experimentos de Harlow como un factor en el aumento del movimiento de liberación animal en los Estados Unidos, tal como narra Debora Blum en su trabajo “Love at Goon Park: Harry Harlow and the Science of affection”. (Blum, 2002, pág. 225)

Harlow se enfocó en la investigación y el estudio del ser humano en la primera infancia y a los efectos psicológicos que podrían causar en los niños, la distancia, desatención o privación de la madre biológica o una figura sustituta y válida de apego. Agrego la palabra “válida” porque justamente se ha demostrado que no alcanza con que haya un adulto presente realizando, como ya he detallado anteriormente, las “funciones” de alimentador y facilitador de higiene.

Dice Harlow, en el año 1944, y así lo demuestran luego sus experimentos, que una separación temprana del niño de su figura de apego, causa en el mismo una perturbación psíquica en su carácter que se distingue o manifiesta en la falta de afecto o de sentimientos por nadie, dejando claro que, un apego que se establezca de manera inadecuada, afectará a la manera en que ese individuo se vincule en el futuro con sus semejantes.

El niño no solo necesita ser alimentado fisiológicamente, situación que garantiza su supervivencia y cubre su necesidad biológica, sino que también necesita de la alimentación emocional, del contacto con el otro ser humano, su figura de apego (cuidador) en este caso, para su normal desarrollo, cubriendo así su necesidad psicológica de seguridad.

A mi modo de ver, y realizando una observación desde el enfoque gestáltico, no se daba una mirada adecuada al “otro en relación” ni se consideraba al ser humano como ser holístico, al considerar solo un aspecto de este separado del resto. Es decir, si solo considero al vínculo entre el niño con su figura de apego, habitualmente la madre biológica, como un derivado del instinto (posición freudiana), dejo de mirarle como un todo, como un ser con cuerpo, cognición y emoción.

Harlow, en la década del 50, desarrolla diferentes experimentos con monos rhesus recién nacidos. Decide realizar comparaciones entre el comportamiento posterior de monos criados por sus madres y en monos a los que, ni bien nacer, se les separa de sus madres y se los cría en soledad. Para este segundo grupo de desafortunados, Harlow y sus colaboradores desarrollan una ambientación particular en donde llevar a cabo sus experimentos. Se crean “madres sustitutas” para estos monitos. Una de estas madres sustitutas consiste en una estructura fría y rígida de alambre que tiene la capacidad de portar un biberón con alimento, la otra madre sustituta se compone de una estructura similar en forma y tamaño solo que esta esta cubierta por un trapo o toalla, brindando así más calidez y confort, aunque esta segunda madre, no tiene la capacidad de alimentar al monito. (Ver figura HH_Madres sustitutas).

http://apegoharlow.blogspot.com/2014/10/experimento-de-harry-harlow.html

La controversia en estos experimentos radica en que para poder demostrar los efectos de la privación materna, muchos de estos monos bebés fueron confinados, desde nacer, a salas de aislamiento sin contacto con sus madres -ni iguales, y apenas un contacto con el humano- por períodos de hasta dos años, experiencia de la cual surgieron altamente perturbados.

Los monos se criaban en completa soledad y, con propósito de la investigación, se les introducía en unas jaulas más grandes donde este se encontraba con sus madres sustitutas. En todos los casos, los monos optaban por la madre de trapo, las que les proporcionaba seguridad. Solo se aferraban a la madre sustituta de alambre para alimentarse, el resto del tiempo, lo pasaban sobre la madre de trapo. Las pruebas arrojaron una media de 17 horas en las madres de trapo mientras que en las madres de alambre no llegaban a estar una hora, el tiempo suficiente para alimentarse. Esto deja claro, afirma Harlow, que el amor no se establece a través de la alimentación.

En ciertas oportunidades, al mono en estudio se le sometía a situaciones de estrés y miedo a través de exponerlos a artefactos terroríficos. El mono, al asustarse, corría a refugiarse en su madre de trapo, de la que obtenía la sensación de seguridad que necesitaba, la que le aportaba una base segura.

En otras oportunidades, luego de que el mono estableciera su vínculo con la madre de trapo se le separaba de la misma por períodos de seis meses, en el momento del re encuentro, corría a aferrarse a ella y a demostrarle su cariño, demostrando así que el apego se mantenía a lo largo del tiempo.

Dentro del grupo de desafortunados (monos separados de sus madres al nacer y criados en absoluta soledad), a algunos de ellos no se les exponía siquiera a sus madres sustitutas. Estos monos, al enfrentarse a una situación de estrés o miedo, -al introducir en sus jaulas los mismos artefactos terroríficos que a los anteriores-, reaccionaban de manera disfuncional, se acurrucaban en el suelo en un rincón de la jaula, mostraban signos de angustia y estrés y desarrollaban un comportamiento característico de los niños con autismo, un balanceo auto provocado, como un arrullo suave hacia delante y hacia atrás, lo que no deja de ser lo que conocemos como una retroflexión. Este tipo de comportamiento y balanceo pudo observarse en aquella época en niños confinados a orfanatos de todo el mundo.

Los monos que no habían sido expuestos siquiera a sus madres sustitutas mostraban apatía e incluso agresividad al ser expuesto a sus iguales o al contacto con el ser humano.

Dentro de esta serie de experimentos, el equipo de Harlow quería probar en que medida el ser madre es algo instintivo o adquirido (aprendido). Para ello, desarrollaron un experimento que al menos a mi no me deja indiferente, me afecta, es estar escribiendo sobre el y algo me sucede en el cuerpo, algo se me cierra a la altura del pecho y la garganta. Dejo de escribir, camino, me asusto, me falta la respiración…

… ya estoy de vuelta. Para este experimento desarrollan lo que denominan el “rape rack” o potro de las violaciones. En aquel entonces la inseminación artificial no era una opción por su incipiente utilización, no había grandes avances en esa materia así que a través del potro de las violaciones, una hembra criada en aislamiento era sujetada con cuerdas en posición de apareamiento y un macho se apareaba con esta. Cuando estas madres daban a luz, en el mejor de los casos ignoraban a sus crías, en otros, las agredían brutalmente. De estos estudios Harlow concluye que el ser madre es, en gran medida un comportamiento adquirido (aprendido) y no solo instintivo. Conclusión con la cual, sin tener yo bases científicas ni mucho menos empíricas, siento no coincidir.

En ocasiones, dentro del marco global de la investigación, se iban introduciendo en espacios preparados para la experimentación, otros artículos además de sus madres sustitutas e incluso, en muchas ocasiones, retiraban del espacio a sus madres de trapo. Cuando el mono era introducido en este espacio y su madre sustituta no estaba, no se vinculaba ni buscaba refugio en ningún otro artículo u objeto, incluso habiendo otros objetos forrados en trapo o toalla. Cuando su madre de trapo (figura con la que se había establecido el apego y de la cual se obtiene la base segura), era introducida en el espacio, el mono rápidamente se aferraba a esta. Recién luego de un rato, podía salir a explorar el entorno.

Los monos que no habían sido criados por sus madres biológicas y tampoco tuvieron la posibilidad de contar con sus madres sustitutas, permanecían en estos mismos espacios de experimentación acurrucados en el suelo y con el característico balanceo de auto arrullo, mostrándose apáticos y deprimidos.

55

Años más tarde, investigadores del Centro de Primates Delta de Luisiana, Estados Unidos, realizan nuevos experimentos que complementan los de Harry Harlow y aportan una nueva dimensión al estudio: La importancia del movimiento del niño.

Para ello crearon situaciones en donde unos monos, también separados de sus madres biológicas, convivían con sus madres sustitutas de trapo inmóviles, mientras que otros, tenían la misma madre de trapo pero esta funcionaba con un péndulo y estaba siempre en movimiento. El estudio concluye en que se hallaron mayores anomalías y disfunciones en aquellos monos criados con las madres estáticas; -anomalías como depresión, apatía y desinterés por el contacto- que en los monos criados con las madres que ofrecían movimiento.

Estos resultados llevaron a los investigadores a realizar un estudio en humanos, bebés prematuros que debían pasar tiempo en incubadoras. El estudio se realizo en diferentes hospitales de la ciudad de Nueva York en los Estados Unidos de América. Con el propósito de compensar el balanceo que hubiesen continuado teniendo dentro del seno de sus madres, se desarrolló un artefacto que proporcionaba movimiento a estos bebés prematuros dentro de las incubadoras. Se les mecía durante períodos de media hora tres veces al día.

Los bebés prematuros que no habían sido mecidos, presentaron menores progresos que los que si lo habían sido. Se notaron diferencias en actitudes como el levantar la cabeza, en comenzar a gatear, el aferrarse a cosas y en respuestas a los estímulos visuales y auditivos. Por otra parte, los bebés que habían sido mecidos aumentaron de peso en mayor proporción que los no mecidos.

Para no extenderme mucho más en este asunto y para todo aquel lector que se muestre interesado en indagar más sobre estos experimentos, os comparto el siguiente enlace de un vídeo explicativo y la opción si lo deseáis de un análisis en profundidad de vuestro vínculo madre e hijo.

×